LA COLA DE PALOMO: El parpadeo del genio


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PARTE PRIMERA

Los violines bohemios suenan tras los verdes arbustos de las terrazas, y las canciones melancólicas de Rumania sorprenden con sus palabras de origen latino, que hacen recordar al glorioso español Trajano, fundador y civilizador de dicho pueblo. En el moderno Pest, los grandes hoteles, los edificios del Estado, los templos de diversas religiones y los establecimientos de enseñanza, asoman sus masas arquitectónicas por encima del caserío.

En el antiguo Buda, ciudad de alturas, hay una larga colina, que es como el Capitolio del pueblo magyar, pues la extensa meseta soporta los principales monumentos de su vida política. El palacio real, el Parlamento y la Academia, son los tres orgullos de los ciudadanos de Budapest. Visto este palacio por primera vez, asombra é intimida con su grandeza.

El palacio ocupa una superficie de El exterior, mezcla de gótico y bizantino, ofrece cierta semejanza con San Marcos de Venecia, pero considerablemente amplificado. Cuando los diputados magyares se enfurecen contra el gobierno, tratan su magnífico palacio como una ciudad tomada por asalto. Salimos de la verdadera Europa. Empieza el Oriente, al que sirven de avanzada los Balkanes, con sus pequeños y revoltosos Estados. Pasamos el Save, amplio afluente del Danubio, por un puente larguísimo, y la ciudad de Belgrado, capital de la Servia, aparece sobre un promontorio, dominando con su antigua ciudadela turca la confluencia de los dos ríos.

Es de noche, hace frío y llueve. Es el sabio de la compañía. Después de examinar largamente el papel, atina con la nacionalidad. Y la pregunta, que parece reflejarse en los ojos de los oficiales servios, la formula el policía en una jerga mezcla de italiano y servio.

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Los nuevos gobernantes de Servia viven en perpetuo recelo. Bien se nota en las precauciones de la policía y en su deseo manifiesto de aislar al país del resto de Europa. Al fin, el bicho raro, el spaniske , puede penetrar en la ciudad, dentro de un coche de alquiler que salta sobre el suelo mal empedrado y pendiente de las calles empinadas.

Las casas son bajitas; las calles, obscuras. La capital de Servia tiene por la noche cierto aspecto de ciudad española; algo así como un gobierno civil de quinta clase, ó una de esas poblaciones episcopales, sin otra vida que la que le proporcionan el palacio del prelado y el seminario. Ni un transeunte en las calles.

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Cada cien pasos, inmóvil bajo un cubertizo ó en el quicio de una puerta, veo un gendarme. No existe en Europa ciudad mejor guardada.

El gendarme servio da una alta idea del país, con su aire arrogante de funcionario bien mantenido y su uniforme azul obscuro con vueltas encarnadas, altas botas y gorra de plato. Son jóvenes, con una expresión insolente de bravura en sus duros ojos. Los que piensen conspirar contra el anciano Pedro Karageorgewitch, tienen que pasarlas muy duras. En las otras mesas, simples paisanos, acompañados de sus mujeres é hijas, beben con cierto encogimiento respetuoso y sonríen cuando logran cambiar alguna palabra con los sacerdotes y los soldados.

Llegan los campesinos de los alrededores de Belgrado, llevando al hombro largos palos, de los que penden en balanza verduras, frutas ó volatería. Los hombres, de ojos salvajes y bigotes felinos, llevan el gorro nacional, una tiara de felpa, y por debajo de su chaleco de colores caen unas faldillas blancas que ocultan los bombachos y dejan al descubierto unas polainas de piel de cordero, ceñidas por las correas de puntiagudas abarcas.

Los vecinos de Belgrado aprecian como un gran honor el ir por las calles al lado de un oficial ó de un pope. Hay sotanas negras, verdes y azules, popes con faja y sin ella, con grandes pectorales ó con una simple cruz, y los uniformes militares son tan incontables que, dada la pequeñez de Servia, hay que creer que cada regimiento usa traje distinto. Creo que, entre nuevos y usados, sus vestidos no pasaban de media docena.

Su dormitorio lo tenía adornado con esas baratijas que regalan en los cotillones, lo mismo que una señorita pobre. Paso un día entero aburridísimo en la capital de Servia, aguardando la noche para tomar otra vez el tren de Oriente.

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Amortiguada la primera impresión de novedad, Belgrado me parece una odiosa población de provincias. Un río, el Maritza, el Hebro de los antiguos, padre ó abuelo por el nombre de nuestro río aragonés, y en cuyas orillas destrozaron las Furias al dulce Orfeo, corre con grandes tortuosidades por el territorio de Servia y Bulgaria, cruza la Rumelia y penetra en la Turquía europea. Frondosos bosques orlan las orillas de los torrentes, en cuyos cauces brama y se despeña una agua roja que arrastra la envoltura de tierra de las montañas.

Su gobierno, dirigido por un príncipe de origen francés, que ha vivido largas temporadas en París, muestra gran empeño en asimilarse los progresos de otros pueblos.


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Los dos mejores edificios de Sofía son la Escuela de Medicina y la Imprenta Nacional, de donde salen importantes publicaciones. Esto, en un país como el de los Balkanes, significa algo notable. Adrianópolis es la gran población militar de Turquía. Un ejército de Yo amo al turco, como lo han amado, con especial predilección, todos los escritores y artistas que le vieron de cerca.

Diez y nueve razas pueblan el vasto imperio otomano. Existe una concepción imaginaria del turco, que es la que acepta el vulgo en toda Europa. Con igual exactitud piensan sobre nosotros los viejos de Holanda ó los Países Bajos, los cuales no pueden oir hablar de España sin imaginarse un país de implacables inquisidores, capaces de quemar por una simple errata en una oración, y donde todos los ciudadanos somos duros é inexorables como el antiguo duque de Alba. Todos los escritores que han viajado por Turquía, se irritan contra la injusticia con que es apreciado este pueblo.

El turco es bueno y franco. La injusticia y la traición son los dos resortes que disparan su cólera. Esto hace que aunque el turco oculte, bajo las formas de una exquisita cortesía, su pèna por las injurias ó las humillaciones sufridas, aproveche la primera ocasión para saciar su resentimiento. Su prudencia silenciosa y un tanto altiva da en Constantinopla grandes muestras de tolerancia. Las matanzas de cristianos que ocurren de vez en cuando en Turquía, no tienen nada de religioso.

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En tal caso, dirigiría sus ataques contra los templos. El armenio, que es en Turquía el cristiano por excelencia, se atrae las mismas cóleras populares que el judío de la Edad Media. En nuestros días ha sido expulsada del Montenegro, de la Bosnia y la Herzegovina, de Servia, Bulgaria y Rumania, y recientemente de la Rumelia.

Esos despojos de su antigua dominación forman reinos. Los turcos del Asia Central, que aun existen en el territorio de los Mongoles, son hermanos de estos otros que les abandonaron para marchar hacia Occidente como una ola devoradora.

Visitantes

Sus incesantes cruzamientos con la raza blanca y los azares de la guerra con sus alborotadas mezcolanzas, han fundido y hecho desaparecer el primitivo elemento étnico. Ir por una calle de Constantinopla es casi lo mismo que por una calle de Madrid. Cada cara recuerda un nombre. Se cree uno en Carnaval y dan ganas de decir:. Cuando Constantino hizo de Bizancio la capital del imperio y la llamó Nueva Roma , estaba lejos de imaginarse que su propio nombre prevalecería como título de la enorme ciudad. Para dar una idea aproximada de la situación de esa triple ciudad, hay que imaginarse una inmensa Y de forma irregular.

En el espacio que existe entre las dos ramas, ó sea en la península limitada por el Cuerno de Oro y el Bósforo, se hallan asentadas Galata y Pera. El lado izquierdo de la Y y el espacio comprendido entre las dos ramas, es Europa: todo el lado derecho de la letra, es Asia. Las leyes y usos de Roma regulan todavía la vida moderna. Es cierto que la existencia del llamado Bajo Imperio fué poco noble, por su historia de miserias, crímenes y disensiones religiosas, que acababan siempre en derramamientos de sangre. Grecia, aunque mutilada por los siglos y los hombres, guarda grandezas de su pasado en el Partenón y otros monumentos; Roma conserva el esqueleto de su gloria en ruinas, casi enteras, de termas, templos y circos; pero de la antigua Bizancio apenas quedan vestigios.

Si respetó Santa Sofía fué para convertirla en una mezquita, borrando de ella todo signo del cristianismo griego. Otros conquistadores no menos temibles que los turcos cayeron sobre la ciudad. En la ciudad de Constantino y Justiniano no quedó piedra sobre piedra. Los famosos caballos de Lissippo, los cuatro corceles de bronce dorado que se encabritan en la fachada de San Marcos de Venecia, son un recuerdo de este gran saqueo.

Es imposible encontrar en ellas una calle ó una plaza que proporcione la sensación exacta de la grandeza de la ciudad. Constantinopla, en cambio, puede abarcarse de un solo golpe de vista. Basta colocarse en mitad del Cuerno de Oro sobre un caique, ligero y movedizo como una piragua, ó en el Gran Puente, para admirar toda la importancia de la metrópoli musulmana. Ninguna ciudad del mundo, al decir de viajeros famosos, tiene tal aspecto de inmensidad.

Su vecindario es de millón y medio de seres, pero cualquiera puede atribuirle cuatro ó cinco millones. La torre de Galata, pesada y enorme, mira desde lo alto de su península al viejo Stambul, erizado de minaretes, sutiles y blancos como la plegaria del buen creyente, y en cuya cima tiembla la flecha como una llama de oro. La corriente del Cuerno de Oro empujaba el caique dulcemente, y el remero sólo tenía que dar débiles paletadas para seguir el viaje.


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