La Esposa (Cuento Corto Premiado)


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La Esposa Cuento Corto Premiado Reviews

El vió las pequeñas gotas sobre su piel y besó su hombro derecho, refrescando su boca con las gotas frescas. El olor de su pelo recién lavado le fascinaba.

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Los sonidos de la feria, abajo en la calle, se colaban por la ventana entreabierta del baño. Miles de personas caminaban ida y vuelta apresuradamente. El perfume de las especias que se ofrecían en la calle se elevaba hacia la ventana y atravesaba la espesa neblina del baño. El aroma era un velo que cubría el olor nauseabundo de la carnicería de enfrente. Ella giró su cuerpo hasta estar frente a frente, él la besó presionando su pecho contra el de ella. Nada rompería la cita de sus cuerpos.

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Nada podría meterse entre su piel y la de ella. Estaban solos entre miles; escondidos, a salvo. Se devoraron el uno al otro en el baño. Besaron cada centímetro de piel. Exploraron cada curva, y pliegue, y cavidad. Se saborearon. Una mujer avanza elegante por su carril. En lo mal que la ha pasado en ese lugar. La posibilidad de estar tras las rejas la hace dudar.

Se aproxima a la mujer. No es ella quien roba, es el hambre. Se miró en el espejo del corredor: cuello de lechuguilla, calzas abullonadas de tejido rojo, jubón beige, zapatos negros con hebilla y en su cabeza, una peluca cana. La casa conservaba los ladrillos de terracota y el tejado imitaba la época colonial. Las molduras de las puertas eran antiguas y tristes. Se asomó lentamente entre los barrotes de la ventana.

No era su época…Seguía siendo un fantasma. En el terreno quedan también, como si hubieran sido lanzadas para matar, palabras de todos los calibres. Invisible, se presiente la saliva iracunda de los hinchas de cualquier color, quienes, como guerreros ebrios, con sus caras largas y sus ojos llenos de ira, arrojan gritos, insultos y pretensiones insensatas.

Dos batallas se han librado.


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En una se lanzan tiros al arco, en otra, se lanzan flechas de voz que dejan ecos en el silencio del estadio. Amada casa, afamada y vasta sabana clavada al alma. Atascada y afanada al alba, cansada, amargada y maltratada al acabar la mañana.

Tramadas y macabras trampas atrasan la avanzada. Las masas aplastan la maldad acallada, alaban y narran las bravas hazañas alcanzadas. Abrazas las razas, cantas a carcajadas, hablas a la cara. Apagas la llama y das frazada a la callada calma. Faltan las palabras para alabar tan magnas agallas. Cuando ella se moja, yo la seco. Mientras la camino, se pone verde, de un verde grillo y selva.

Cuando yo estoy mojado, ella saca el sol inédito, ése que pega de lado y todo se vuelve sombra y luz, así me escurre el alma. Yo la mojo y ella me seca, ella me llora y yo la lluevo, así nos la pasamos. El lugar siempre me había atraído. La iglesia de Lourdes tenía algo que me llamaba. Esa noche no pude resistir y acompañado por la luna cachaca decidí entrar furtivo. Las calles que me separaban languidecían entre prostitutas y borrachos.

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Me llegaba de lejos el sonido de los antros chapinerunos y al doblar una esquina vi cómo se alzaban aquellas torres góticas. Los redobles del corazón me arrastraban con fuerza y cuando estuve en el atrio vi una sombra atravesando el portal. El golpe fue contundente.


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    Excepto unas manchas rojas en mi piel que pican mucho. Me gusta salir a caminar en las noches por la ciudad cuando llueve, ver la neblina, la luna y las nubes que la cubren. La ciudad toma un aspecto frío, macabro, la clase de macabro que me gusta. Miro a la gente con desconfianza, ellos me rechazan con su mirada, por vestir de negro, maquillarme y usar gabanes.

    Siento sus miradas acusantes y los veo cual monstruos al asecho despreciando todo lo que es diferente a ellos. Al regresar a casa, me veo en el espejo, me doy cuenta que al igual que ellos, soy un monstruo, solo que diferente. Le puso Blanca Estrella. Recuerdo muy bien lo colorido que era: dorado, rojo y azul. Pide lo que quieras. Al oírlo imaginé millones, ferraris, mansiones, harenes.

    Entonces lo supe, aquel pez debía saber tal como se veía, delicioso. Cierta vez, en un restaurante de poca monta, encontré un cardumen de diminutas pirañas en mi ajiaco. Un ajiaco sin guascas o alcaparras es una vulgar sopa de papa, en la que no es raro que aparezcan estos voraces monstruitos. Con todo, no es el peor ajiaco que me he comido: una vez vi que le echaban zanahoria.

    Navego por calles como la Trece y la Séptima; peligrosas y no tan peligrosas. Ataco con mi puñal que utilizo como espada, voleando cobija de escudo, pescando tiburones de cartón, ballenas de lata, mantarrayas de vidrio. Cristina oye voces. Fantasmas, parece. Mucho miedo.

    Vuelva o nos vamos. Laura perdió medallita de oro Milagrosa. Algo la jaló bajo el agua, insiste. Doctor Urralde en fiesta Hotel Tequendama, afortunadamente.

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    Me haces falta. Al marchitarse los pétalos, los vilanos crecieron y en una dulce brisa uno inició su viaje, atravesó la enorme avenida y pasó hacia el 20 de Julio visitando primero la plaza de mercado, donde se posó en una enorme granadilla hasta que la brisa lo apartó de allí para guiarlo por el comercio de aquellas calles donde objetos raros llaman la atención. Pronto la magnífica iglesia dejó ver su esplendor y en una pequeña grieta le ofreció tierra fértil para volver a crecer. La rana, prisionera en la tapa del acueducto, se sacudió como todos los días.

    Finalmente, esa noche logró liberarse. En la conmoción, renació al recuperar su facultad de movimiento. De un salto alcanzó el escudo adosado a la pared del edificio distrital contiguo. Ahora, el anfibio sobresalía del fondo amarillo del blasón.

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